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Personal

La luz que se apaga cuando se sabe

Con los años vamos conociendo verdades sobre la vida y las personas que a veces preferiríamos no haber sabido. Por eso del viejo dicho de que “la ignorancia es una bendición” se conecta con cargar con las verdades que nos cambian día a día.

Hay un momentos que nadie nos anuncia y que llegan sin fecha de aviso. Es el camino de crecer, conocer gente, enterarse de cómo funcionan muchas cosas por dentro, y notar de que hay verdades que hubiesemos preferido no haber conocido nunca.

No estoy hablando de secretos de Estado ni mucho menos de conspiraciones. Hablo de cosas más pequeñas y pesadas, como descubrir por qué alguien en quien confiabas actuó como actuó, entender que muchas decisiones no se toman por lo que es justo sino por lo que conviene, darse cuenta de que las personas, incluso las buenas, cargan intereses, envidias y miedos que antes uno no veía. El mundo no cambió. Cambió la forma en que uno lo mira.

Bien pregona el adagio popular, “la ignorancia es una bendición”. Viene en el cierre del poema inglés “Ode of a distant prospect of Eton College” de Thomas Gray, de 1742: “where ignorance is bliss, ‘tis folly to be wise”, que traduce “donde la ignorancia es dicha, es una locura ser sabio”. Y mucho antes, en la Biblia, el mismo libro de Eclesiastés ya lo decía: “en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”.

El peso del Titán Fundador

Frieda Reiss

El anime que me ha hecho pensar mucho en esto es Shingeki no Kyojin (Attack on Titan).

En la historia, quien hereda el Titán Fundador no recibe solo un poder. Recibe los recuerdos de todos los que lo tuvieron antes, y con ellos, la verdad completa sobre su pueblo, su pasado y el mundo que hay más allá de los enimágticos muros. Y esa verdad los transforma.

Frieda Reiss era alegre, cariñosa, la hermana mayor que le enseñaba a Historia a leer. Pero después de heredar ese poder había momentos en que se volvía distante, triste, como si cargara algo que no podía contarle a nadie. Lo mismo le ocurre a Eren Jaeger, que era un muchacho impulsivo que gritaba que iba a acabar con todos los titanes, y termina convertido en alguien callado, ajeno, casi irreconocible para sus propios amigos. La serie lo muestra hasta en su mirada: el brillo de sus ojos se apaga.

Esa imagen se me quedó grabada. Porque creo que a todos nos pasa un poco. No heredamos titanes ni memorias ajenas, pero sí vamos acumulando verdades. Y algunas de ellas nos quitan algo, como la ingenuidad, la confianza fácil y la forma de ver a la gente.

Ahora, saber no te hace malo, pero te cambia. Y a veces uno se descubre extrañando a la persona que era antes de enterarse.

Bueno, tampoco es para tanto

Dicho todo esto, tampoco hay que ponerse tan dramáticos.

No se trata de vivir con los ojos cerrados ni de renunciar a comprender (aceptar) el mundo. Lo que uno sabe ya no se puede desaprender, y eso está bien, el problema es dejar que eso que sabemos ocupe todo el espacio.

Porque mientras uno le da vueltas a esas verdades, hay un hijo que pregunta por qué el cielo es azul, una pareja que te cuenta cómo le fue en el día, un amigo que te escribe solo para echar un simple pero divertido chiste. Ninguno de ellos está pendiente de esas verdades pesadas, y justamente por eso deben considerarse sucesos poderosos, ya que te recuerdan quién eras antes de saberlas, y quién puedes seguir siendo.

Incluso al final, en Shingeki no Kyojin, lo que mantenía a muchos personajes en pie y luchando no era la verdad que descubrían, sino la gente que tenían al lado.

Es posible que la respuesta no esté en olvidar lo que uno sabe, sino en no dejar que eso sea lo único que uno es. Darle importancia a los de uno, a la familia, a los amigos de siempre. Quizas, esa es la luz que vale la pena cuidar para que no se apague.